Una lámpara fabricada con restos de lechugas y otras hortalizas. Suena a experimento de laboratorio, pero ya es un producto que puedes comprar.
Se llama Girara y forma parte de una colección de interiorismo presentada este octubre por la empresa zaragozana Feltwood, en colaboración con Ekohunters.
Incluye una lámpara y dos centros de mesa.
Lo interesante no es únicamente su aspecto… Es lo que había antes de convertirse en un objeto decorativo.
Residuos vegetales que la industria agroalimentaria normalmente descarta.
- Para una empresa, esos restos pueden representar un coste de gestión.
- Para otra, pueden ser el comienzo de un negocio.

Feltwood ha desarrollado una tecnología que transforma fibras de frutas y hortalizas en un material resistente y moldeable, sin añadir adhesivos ni resinas.
Y aquí aparece una diferencia importante.
No se limita a recoger residuos y venderlos.
Los transforma en una materia prima con propiedades que otros fabricantes pueden aprovechar.
Entre ambos extremos hay investigación, pruebas, procesos industriales y un conocimiento que no se improvisa.
Pero también hay algo que me interesa especialmente:
Dos industrias que antes no tenían motivos para hablar entre ellas ahora pueden hacer negocios juntas.
- Una necesita gestionar sus restos vegetales.
- La otra busca materiales para fabricar productos.
Feltwood encuentra una oportunidad conectando ambas necesidades.
Y el lanzamiento de Girara añade una pieza a esa historia.
Ya no basta con decir que el material podría utilizarse en decoración. Ahora podemos ver una aplicación concreta, desarrollada con un socio comercial.
Eso no demuestra todavía que pueda competir en cualquier sector o producirse a cualquier escala.
Habrá que comprobar costes, regularidad del suministro, prestaciones y márgenes.
Porque la sostenibilidad ayuda a vender, pero una lámpara también tiene que iluminar.
Las buenas intenciones todavía no han sustituido al departamento de calidad.

Lo que me interesa de este ejemplo de Feltwood y Ekohunters es que cambia la manera de mirar una cadena industrial.
Normalmente estudiamos a nuestros proveedores y clientes.
Rara vez dedicamos el mismo esfuerzo a investigar quién podría aprovechar lo que descartamos.
Y quizá ahí estemos perdiendo oportunidades.
Imagina una fábrica que paga por retirar un subproducto cada semana.
Antes de considerarlo definitivamente un residuo, podría averiguar qué contiene, en qué cantidades se genera y si otra industria puede utilizarlo.
No siempre habrá negocio.
A veces, el transporte o la transformación costarán más de lo que vale el material, pero otras veces encontraremos una relación comercial donde antes solo había una factura de retirada.
Esta forma de conectar empresas tiene incluso un nombre: simbiosis industrial.
Podrías empezar con una pregunta muy sencilla en la próxima reunión de tu equipo directivo:
¿Sabemos quién podría necesitar aquello por lo que hoy pagamos para deshacernos de ello?
Porque puede que el principio de un nuevo negocio esté saliendo de nuestra fábrica todas las semanas.
Y nosotros, encantados de que venga el camión a llevárselo.

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