Los que lleváis tiempo leyéndome sabéis que pasé 11 años trabajando en Dubái. Fue hace más de cuarenta años.
Y aún recuerdo con nitidez las visitas a la jaima del entonces joven Mohammed bin Rashid Al Maktoum.
En aquel momento todavía no era el líder mundialmente conocido que es hoy, pero ya transmitía algo muy poco común: una enorme claridad para decidir.
La jaima era sencilla.
Una alfombra, unos cojines, té y muy poco tiempo.
No había pantallas. Sin presentaciones interminables ni discursos.
Sólo preguntas concretas y decisiones concretas.
Entrabas con un asunto bien pensado y salías sabiendo qué había que hacer.
Y quién lo iba a hacer.

Aquellas reuniones me enseñaron una lección que sigo aplicando hoy.
Un buen consejo de dirección no es el que más habla.
Es el que decide mejor.
En la jaima nunca se mezclaban diez temas a la vez.
Se trataba un problema cada vez.
- ¿Qué está bloqueando esto?
- ¿Qué opciones tenemos?
- ¿Qué vamos a hacer?
Y, sobre todo, quién se ocupa de ello y para cuándo.
Nada más.
Pero tampoco hacía falta más.

Con el tiempo he comprobado que muchas reuniones en nuestras empresas funcionan justo al revés.
- Demasiadas diapositivas.
- Demasiadas opiniones.
- Demasiados asistentes.
Y, al final, nadie sabe exactamente qué ocurrirá al día siguiente.
Traer un poco del espíritu de la jaima como consejo de dirección a tu empresa es más sencillo de lo que parece.
Una reunión debe tener un objetivo claro y concreto.
Pocas personas.
Poca teoría.
Y una conclusión inequívoca:
la siguiente acción, la persona responsable y el momento en que se revisará.
Si eso no queda claro, la reunión no ha terminado.
Solo se ha consumido tiempo.
Recuerdo una empresa en la que el comité semanal duraba tres horas.
Todos salían agotados y, sin embargo, los mismos problemas reaparecían la semana siguiente.
Reducimos la reunión a cuarenta y cinco minutos y obligamos a que cada punto terminara con una decisión concreta.
En pocas semanas, la organización empezó a moverse con mucha más agilidad.
Aprendí en Dubái que liderar no consiste en hacer presentaciones brillantes.
Consiste en crear el espacio necesario para que las decisiones ocurran.
Con claridad.
Con foco.
Y sin ruido.
Si hay una decisión que puede influir profundamente en el futuro de tu empresa, es la relación con tus socios.
Elegirlos bien es importante.
Pero saber convivir y establecer las pautas con ellos lo es todavía más.
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