Café, copa y puro

Los que ya vamos cumpliendo años –sí, ya sé, yo más– recordamos las largas comidas en restaurantes de lujo, envueltos en humo de tabaco y unos señores fondones comiendo tres platos después de tomar un aperitivo.

Sin olvidar un buen postre y las copas.

¡Ah, las copas!

Yo nunca he fumado y todavía hoy siento el humo del tabaco de entonces. Los ambientes enrarecidos y las pesadísimas comidas.

¿Por qué te lo cuento?

Hace unos días comí con un gran copywriter – no, no era Isra Bravo, pero sí un alumno aventajado suyo, encima italiano de pro- y me dijo que era vegano.

Nada que objetar, por supuesto.

Se comió de primer plato, una alcachofa asada y de segundo plato, un variado de tomates recién pelados.

No bebe alcohol, así que agua pura.

Yo comí menos de lo habitual, me bebí un vaso de vino tinto y me tomé un tartar de carne.

Intento cuidarme, pero no consigo ser un asceta.

Mi interlocutor, que tenía seguro más de 45 años, podría haber pasado por 10 menos.

Por lo menos en él funciona su comportamiento asceta.

Gran tipo.

Bueno, te lo cuento porque mis dos hijas se han casado con yernos fenomenales, pero, casi abstemios.

El vino en casa, ahora que mi mujer se ha pasado al tinto de verano, sólo lo consumo yo.

Voy pareciendo un bebedor.

Oye, una copita con la comida…

Y eso sí, sólo buen vino.

En cualquier caso.

Ahora, en la mayoría de mis comidas -sobre todo si el invitado tiene menos de 40 años- sólo bebe agua.

Me va deprimiendo pedir un vasito de vino.

¿A ti te pasa?

Cada encuentro te enseña algo.

A veces se comparte una idea, otras una reflexión.

Pero siempre hay algo que no estaba previsto y que te acompaña después.

Y eso, al final, es lo que verdaderamente enriquece.

Un ejemplo de esto fue la conversación que mantuve con Sara Comenge, CEO de la ONG Valentia.

Una charla sincera que te invito a: Ver aquí

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