Consejos vendo y para mí no tengo. La Paradoja del Rey Salomón

El martes solté la liebre, y pedí a los que me leéis cualquier consejo o recomendación sobre la Newsletter que recibes de lunes a sábado.

Porque uno no puede mirarse siempre el ombligo. 

Aunque escueza, siempre es conveniente saber lo que otros opinan de ti, de tu empresa o tus servicios.

Un acto de fe donde de buenas maneras, puedes aprender muchísimo, tanto de las críticas positivas como de las negativas.

Luego con las opiniones, tanto solicitadas como no, lo importante es saber extraer el jugo de los comentarios y llevarlo a tu terreno.

Muchísimas gracias a las decenas de mensajes que me habéis escrito para seguir construyendo esta comunidad.

Por supuesto, iré aplicando todo lo que esté en mi mano,

Porque mejorar cada día y no estancarse es una de mis máximas de vida.

Y ahora al lío.

Porque también me ha dado mucho que pensar.

  • ¿Te imaginas a un gurú con barriga cervecera y paquete de Marlboro en el bolsillo dándote consejos de vida sana?
  • ¿Creerías que es un gran profesional un dentista con los dientes amarillos o montados uno en el otro?
  • ¿Te fías del cuñado, tu primo o tu amigo que te da su punto de vista sobre tu empresa pero él vive en un piso más pequeño que los fotomatones del metro?

No, ¿verdad?

No sé qué pensarás tú, pero yo no les haría demasiado caso.

Durante todos los años que llevo trabajando, he visto un fenómeno bastante común.

Consejos vendo y para mí no tengo.

Personas que se las saben todas pero luego no se aplican el cuento.

Esto me recuerda la Paradoja del Rey Salomón.

Aquí cada uno que se sienta o no identificado.

Se da cuando uno es especialmente bueno a la hora de dar consejos. 

Tenemos una gran disposición, ingenio y empatía para con los demás, sin embargo, esa misma competencia carece de utilidad en nosotros mismos.

Cuenta la historia que la gente hacía largos viajes sólo para pedirle consejo. Él los daba con gran acierto, ganando fama y cosechando admiración por sus originales y brillantes razonamientos.

Ahora bien, a pesar de esa distinción a la hora de aconsejar a los demás, él mismo acabó siendo conocido por un estilo de vida inapropiado.

Tomando malas decisiones con una pasión descontrolada por el dinero y las mujeres.

Admitámoslo, en ocasiones, siempre es más fácil ponerse en la piel del otro que en la de uno mismo a la hora de afrontar un problema.

Ya dice el refrán “Quien no oye consejo, no llega a viejo”

Y yo ya tengo unos cuantos años.

Ya lo hablé en su día con la comparativa con Trump y Biden.

Más sabe el diablo por viejo, que por diablo.

Lo importante es saber desechar la paja del grano.

Escuchar todas las recomendaciones y empezar por las más obvias.

Si, por ejemplo, en tu equipo 6 de 10 personas te dicen que se podría mejorar X sistema.

Valora su idea y hazles caso, puede que a ti se te hubiera pasado por alto.

Si le pides consejo a tu hermano o ese amigo de toda la vida.

A veces por cariño y otras por no hacerte daño, no te dirán realmente la verdad.

Por eso, únete a personas que vean las cosas en perspectiva, desligadas del universo interno de tu negocio. 

Ya verás como aprecias más opciones y salidas a los problemas.

Porque todo esconde un sesgo cognitivo: 

Las personas razonamos mejor si ciertas cosas no tienen que ver con nosotros.

Y si eres el director, CEO o jefe de tu empresa, escucha a tus empleados.

Ellos están en el día a día y en primera fila del campo de batalla.

No se trata de rodearte de gente que siempre te da la razón.

Aunque puedas decir “Consejo no pedido, consejo mal recibido”.

Mi recomendación de hoy para que pongas en práctica:

Al menos una vez al mes, deberías hacer una pequeña reunión con tu personal o tu equipo.

No hace falta que sea larga.

Donde cada uno pueda expresarse libremente para hablar sobre cómo mejorar cualquier aspecto sin que nadie le mire raro.

  • Ideas locas. 
  • Ideas absurdas. 
  • Ideas interesantes. 
  • Ideas chocantes.

Todas son bienvenidas.

Y tú, ¿Cada cuánto preguntas a tus empleados? ¿y a tus clientes?

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