Hace unos años, si aparecía un vídeo tuyo diciendo una barbaridad, la reacción era bastante sencilla.
Todo el mundo pensaba: «Eso tiene que ser falso.»
Hoy ya no.
La inteligencia artificial ha mejorado tanto que un vídeo, una fotografía o incluso una llamada de voz pueden parecer completamente auténticos.
Y eso cambia una regla que llevábamos décadas dando por hecha.
Hasta ahora había que demostrar que algo era falso.
Muy pronto tendremos que demostrar que es verdadero.
Puede parecer un matiz, pero para cualquier empresario supone un cambio enorme.
Nuestra reputación ya no dependerá únicamente de lo que publiquemos.
También dependerá de que podamos demostrar que realmente salió de nosotros.

Hace unos meses hablaba con un amigo sobre este tema y me hizo una reflexión muy sencilla.
—Dentro de poco no bastará con decir «ese vídeo no es mío».
Habrá que enseñar cuál sí lo es.
Y creo que tiene razón.
Por eso empiezan a cobrar importancia tecnologías que hace unos años parecían reservadas para expertos:
firmas digitales, certificados de origen y sistemas que permiten verificar cuándo se creó un contenido y si ha sido modificado posteriormente.
Iniciativas como el estándar C2PA avanzan precisamente en esa dirección: facilitar que cualquier persona pueda comprobar la procedencia de una imagen, un vídeo o un documento.
No significa que todas las empresas deban convertirse mañana en especialistas en autenticación digital.
Pero sí deberían empezar a hacerse algunas preguntas.
- ¿Dónde guardamos los originales?
- ¿Quién puede publicar en nombre de la empresa?
- ¿Tenemos un procedimiento para reaccionar si aparece un contenido falso?

En una crisis de reputación las primeras horas suelen ser decisivas.
Y cuanto más fácil resulte demostrar la autenticidad de un contenido, más sencillo será frenar la desinformación.
Curiosamente, este cambio va mucho más allá de la tecnología.
Tiene que ver con la confianza.
Durante años bastaba con construir una buena reputación.
Ahora también habrá que protegerla.
La confianza tarda años en construirse y apenas unos minutos en ponerse en duda.
La inteligencia artificial no cambia esa realidad. Lo que cambia es la velocidad con la que puede ocurrir.
Quizá dentro de unos años la pregunta ya no sea:
- «¿Quién ha dicho esto?»
Sino otra mucho más importante:
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