Desde la cárcel… No me gusta huir de los problemas

¿Desde la cárcel?. Casi.

Cuando fui a ver a los socios locales del proyecto de Dubái y les conté que ABH había abandonado el proyecto… y que sobre sus cabezas pesaba una garantía de 25 millones de dólares, no se lo tomaron especialmente bien.

¡Me quitaron el pasaporte!

Por suerte, pronto se dieron cuenta de que me necesitaban para resolver el problema y, poco a poco, entendieron que estaba con ellos y que no les iba a dejar caer.

Una semana después, me devolvieron el pasaporte.

¿Y qué hice?

Pues, empezar de cero.

Sin respaldo, sin dinero, con una garantía de 25 millones que vencía si no seguíamos en la obra.

¿Y?

  • Tuve que negociar con los bancos.
  • Negociar con el contratista principal.
  • Hablar con la propiedad (sin decirles que ABH se había largado).

Y con la urgencia de que me quedaban apenas 5 semanas para presentar los planos que tenían que ajustarse a las especificaciones y que los que tenía en ese momento no servían.

Para más problemas, tenía 50 personas ya contratadas.

Y el compromiso que, en cuanto se aprobasen los nuevos planos, teníamos que contratar hasta 300 más para darle impulso al trabajo.

Por suerte, ya habíamos empezado a hacer acopio de materiales y tenía suficiente para casi el primer año de desarrollo de las instalaciones.

Pues eso.

Ya te he contado cómo resolvimos el tema de los planos, ayudado por un programador alemán amigo mío que, con un plotter, un PC y su habilidad programadora, me permitió terminarlos bien y a tiempo.

Aun así, íbamos perdiendo unos cuantos millones de dólares y yo no veía cómo los íbamos a recuperar.

Te aseguro, amigo lector, que tener 300 empleados —algunos de ellos llevaban cuchillos— de nacionalidades como pakistanís, indios, etc., y no saber el día 25 cómo les iba a pagar a final de mes, no era precisamente divertido.

Y entonces, ¿Se fue todo al traste y tuviste que salir corriendo?

No me gusta huir de los problemas, prefiero afrontarlos.

En realidad, la suerte estuvo de nuestra parte.

Resulta que el Emir, se levantó un día, pasó por la obra y dijo algo así como:

— «Aquí no. No me gusta. Que lo cambien de sitio.«

Bueno, bueno, hubo que cambiarla de sitio, pero éso nos permitió renegociar las condiciones del contrato y los precios.

Con dos años de retraso, sí, pero pudimos concluir la obra, recuperar las garantías… y hasta sacar un pequeño beneficio para los socios locales.

Y, ¿cómo lo lograste?

No te he dicho que el contratista del que dependíamos era japonés, y cada semana tenía reuniones maratonianas con los japoneses.

Yo sólo con una docena de japoneses fumadores, que, si algo no les gustaba, me cambiaban a todos los interlocutores… y vuelta a empezar con las negociaciones.

Duras negociaciones. Pero bueno, aprendí a…

  • No rajarme.
  • Soportar la presión.
  • Negociar incluso cuando todo parecía perdido.

Y por eso, desde entonces, veo la vida —y los negocios— de otra manera.

Porque después de haber salido ileso de proyectos que se tambaleaban en mercados lejanos, aprendí a detectar los riesgos antes de que exploten… y a tomar decisiones cuando otros aún están dudando.

Eso es lo que aporto hoy cuando trabajo contigo en un ImpulCEO.

Si estás en una encrucijada, si necesitas ver tu negocio desde otra perspectiva, hablemos.

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